Alberto Wolkowicz, Patricia Tarrab (Patu), Silvia Guelman y Mónica Druker, son algunos de los que formaron parte del primer Bimjolot. Unos estuvieron entre las cuatro parejas pioneras que dieron el primer paso en este camino, otros se sumaron al poco tiempo, pero todos fueron protagonistas del inicio de Bimjolot. Todos descubrieron que a partir de esas primeras coreografías y esos primeros trajes, algo especial, sumamente fuerte, lleno de encanto y de pasión comenzaba a gestarse.
Los relatos que siguen muestran estas sensaciones e invitan a desandar el inicio de estos 25 años de historia.
A 25 años. Sensaciones.
Patu: La intensidad de esto que hoy vivimos, creo que tiene que ver con cómo se empezó, había mucha fuerza, mucha energía y era algo muy importante, no veníamos a pasar el rato. Desde el principio fue profundo y evidentemente las raíces, fueron raíces.
Cuando empezamos lo hicimos desde la nada, sin embargo parecía que todos sabíamos de que se trataba, y sabíamos que no iba a terminar en ese primer grupo.
Silvia: El hecho de compartir emociones con otros es muy fuerte y te marca a fuego.
Compartir sensaciones con el compañero que bailabas, con el grupo, mirarte en la ronda, es una energía muy importante. Yo todavía la vivo, la respiro, me emociono, me encanta verlos, lo veo en mis hijos, en ustedes, le digo a Clara basta! porque los miro y lloro, la música me sigue conmoviendo igual. Por eso creo que voy a ser siempre de Bimjolot, mirándolos o bailando.
Así comienza la historia de Bimjolot
Alberto: En el año 1979 Clara recibe la convocatoria para que Rosario participe del 2º Festival de danza israelí “Dalia” que se organizaba en Bs. As, con ese objetivo comenzamos a reunirnos y empezamos. Éramos cuatro parejas Pato Gryn, Daniel Pomerantz (Pome), Dani Epztein y yo con Rossana Dobenko (Rosque), Guchi Kohan, Sarita Zadunaisky y Clarita.
Cuando llegamos al “Dalia”, no bailamos en el escenario central por la noche con las leakot, bailamos por la tarde en el piso, nos sentíamos un poco “perejiles” con nuestros trajes todos de colores iguales, por pareja, sin guardas, nada especial, eran simplemente rojo, verde, azul, amarillo… .
Recuerdo que a la vuelta de ese Festival, en el colectivo, Clara dijo volvemos y vamos a seguir ensayando, y yo era contrario a esa idea, decía Clara no “hinchés con eso”, vinimos para esto y acá murió. Pero ese acá murió fue siguiendo, le pusimos guardas a los trajes, después nos copamos con otra cosa y así seguimos.
Cómo llegaron
Mónica: Entré cuando estaba en 3º año del secundario, Sarita Zadunaisky sabía que yo hacía danza clásica y me invitó, en ese momento no había audición sólo miraban quien bailaba y lo llamaban. Particularmente no tenia idea qué era Bimjolot, pero dije bueno vamos, y de repente, la rutina, organizarse, cumplir horarios.
Silvia: Yo sí conocía Bimjolot, la primera vez que los vi fue en un Iom Haatzmaut y quede fascinada, yo quiero estar ahí dije, y se me dio pocos meses después, sin darme cuenta. Bailaba en un grupo para adolescentes en Hebraica y un buen día Clara me dijo si me podía quedar un ratito, así con 15 años empecé a bailar en Bimjolot. Fueron mis primeras salidas nocturnas, durante la semana, por eso Clarita habló con mi mamá y quedaron que después de cada ensayo ella me llevaría a mi casa.
Patu: Yo a Hebraica no iba, bailaba en el Ken en Ijud Habonim, con Guchi.
Cuando Bimjolot se forma y se viaja a Buenos Aires, como contó Alberto, de las cuatro parejas que bailaron, Marcelo Freiberg y yo eramos la quinta, fuimos con ellos y nos enganchamos. Ya a partir de ahí con Marcelo sabíamos que estábamos.
Alberto: Cuando surge la idea de viajar al “Dalia”, Clara nos llama en la Escuela (J.N. Bialik), ya que nos vió con aptitudes para bailar y empezamos a hacer rikudeiam en el gimnasio, era todo bastante improvisado.
Y apropósito de lo que decía Patu, que venia de la Tnuá, Clara también venia de la Tnuá y otros íbamos a Hebraica. En ese momento había mucha rivalidad, como había en el mundo en ese entonces entre Rusia y EEUU, el mundo estaba polarizado. Y esa polarización llegaba a todos los ordenes de la vida, entonces estaban los que eran de la Tnuá sionista socialista y los que eran de Hebraica.
Patu: Recuerdo que a mi y a Guchi nos planteaban “de qué lado están”. Qué hacen bailando al lado de esos muchachos sexis, fuertes, que todos miran, se producían ciertos roces.
Alberto: Pero lo importante, creo, es que el rikud nos alejaba de ese tema y nos acercaba de otra manera, o sea el rikud traspasaba cualquier barrera. Recuerdo que en un Festival participó una Leaká de Hanoar Hatzioní.
Viajes y presentaciones. Lo importante era bailar
Mónica: Empezamos a viajar y fuimos a la fiesta del chancho, del poroto, de la leche, (risas), al Trébol, a todos los pueblos, a las fiestas tradicionales de cada lugar, nos invitaban siempre junto a los italianos, con ellos viajábamos mucho, nos preguntábamos que hacemos los judíos ahí, no sé, pero importaba ir, bailar, mostrar lo que uno ponía, la música, la emoción…
Silvia: Se bailó en la Rural en un pasillo largo, no teníamos frente, gente acá y gente allá, nos dábamos vuelta, abríamos los brazos y tirábamos los choripanes del tipo que pasaba por al lado. Nos invitaban a bailar e íbamos, y no se hacían las preguntas previas, qué lugar, qué escenarios, qué comodidades tienen…
Patu: Sí, ahí no había requisitos para Bimjolot, me acuerdo en Paraná, que fuimos porque creo que se elegía al cura de una iglesia, y llegar desde el lugar donde nos cambiábamos hasta el escenario era un cross-country, estaba en construcción y pasábamos entre las maderas, los baldes, la arena. No había requisitos, queríamos bailar. También formamos parte de la 1º Fiesta de Colectividades, recuerdo que estaba el Intendente Usandizaga, y se hacía en el Monumento a la Bandera. El escenario se armaba ahí y bailábamos, nos cambiábamos y nos quedábamos “en pelotas” delante del Intendente, de los tanos, de los griegos, porque era bastante precario todo el espacio. Y no me olvido que impacto muchísimo, porque nadie sabía de qué se trataba la danza israelí, y no era como ahora, nadie tenía ni tanto color, ni tanta música, ni tanta gente bailando en el escenario, ni tantos gritos, siempre impactaba.
Alberto: Si no me equivoco la primera presentación oficial en Rosario fue en el gimnasio Hertzl en la vieja Hebraica. Hicimos un Debka, los varones nos pusimos camisas blancas con dos sogas cruzadas y pantalón negro, trajes baratos. La gente estaba alrededor nuestro y miraba asombrada diciendo de qué se trata.
El grupo se afianza. Las exigencias crecen.
Patu: Durante los primeros años no había otras prioridades, era muy importante, lunes, miércoles, a veces domingo todo el día, hasta la madrugada.
Alberto: Me acuerdo que en una oportunidad vino el coreógrafo Ari Melnik y nos contó que cuando hacía las giras por Europa, él vivía en un kibutz, le salía sangre de los pies y a la noche se vendaba y a seguir bailando. Entonces nosotros decíamos, ah bueno!, no somos los únicos locos que bailamos hasta que nos duelan los pies.
Silvia: Creo que Ari contó esa anécdota para que nos banquemos la coreografía que marcó después. Pero sí había mucha exigencia, concentraciones de todo un fin de semana, horas y horas con un paso, también había mucha obsesión personal.
Mónica: Había que ir al ritmo de la masa de varones que eran los que imponían ciertas pautas.
Recuerdo que en su momento, vos Silvia, quedás embarazada, viniste y dijiste “porque hablamos con mi esposo y yo no voy a bailar más” y Clara te dijo “pero vos sos loca cómo que no vas a bailar”, era algo que no se podía entender.
Silvia: Sí, me acuerdo, éramos pocos y que uno se fuera…pero bueno era mi decisión.
Patu: El problema fue cuando muchos arrancamos nuestro estudios universitarios, porque ahí las prioridades comenzaron a alterarse, al mismo ritmo que se alteraron las discusiones de que cómo pensás rendir en esa fecha, cómo se te ocurre dejar esto de lado. Y a propósito de la responsabilidad recuerdo que una vez viajamos a Bahía Blanca, llegamos el Lunes y a las diez de la noche había que volver a ensayar, pero cuando bajo del colectivo mi mamá me dice “falleció la abuela”, esa noche no fui a ensayar. Al miércoles siguiente se armó un escándalo que cómo no había ido, que a la semana siguiente se bailaba, a ese nivel eran las cosas.
Lo Institucional. El lugar, el apoyo.
Alberto: Ensayábamos en Hebraica, en el gimnasio de arriba (Mariano Moreno), que tenia piso de mosaico, pasaron años y entendimos lo del piso de madera y la cámara de aire, para saltar y que no te jorobe la columna.
Patu: Eso era espectacular, el calor que chupábamos en ese salón de arriba, donde daba todo el sol, nos hacía terminar todos transpirados después íbamos y nos tirábamos a la pileta y la gente salía corriendo (risas).
Alberto: En un momento no estaba más Hebraica y tampoco existía Usar, ese año bailamos en Jisa, en la parte de arriba donde decían que se podía caer el techo y nos pedían que no saltemos. Ahí el piso era de madera, creo que así nos dimos cuenta de la importancia de la “madera”.
Silvia: Creo que había gran apoyo institucional.
Alberto: Después que vieron que funcionaba.
Mónica: Fue mucho esfuerzo, convencer a la gente de la institución, de que éramos alguien, que ya nos habíamos ganado un espacio, creo que no tenían conciencia suficiente como para poder ayudarnos y apoyarnos, pero nosotros seguíamos igual porque lo que queríamos era bailar.
Patu: Como dijo Alberto, a Bimjolot no lo generó la institución, lo generamos nosotros, creo que el lugar lo generó la gente, por la pertenencia, por el compromiso, y después si hubo un reconocimiento.
Bimjolot e Israel. Una anécdota acá, otra allá.
Alberto: Había todo un proyecto de la gente que estaba en ese entonces trabajando en la hadrajá, que era la realización en Israel. Pero más allá de esto teníamos discusiones con Fabián Salman, sobre el sionismo sexual y después habíamos inventado el Sionismo rikudiano. Por que si bien Fabián nunca bailó, el hacía teatro, y venía a vernos y nos juntábamos y bueno en algún momento terminamos haciendo algo de rikudim y teatro juntos. Era el sueño de Emilio (Lenski).
Patu: Y en esto de pertenecer, recuerdo que estábamos en Israel, era Iom Ierushalim y la profesora de rikudim hizo una especie de audición para elegir quienes iban a bailar; y ahí estábamos Marce Freiberg, Dani Epsztein, Miguel Benzadon y yo, inflando el pecho y diciendo, con toda la seguridad del mundo, nosotros somos de Bimjolot, sabemos de esto… quedamos y bailamos y fue bárbaro.
Apasionados.
Silvia: Bimjolot era y es distinto, no era sólo baile, era una polenta especial, era bien folklórico, una cuestión de identidad. Yo bailaba y me emocionaba, no se cómo se veían los pasos, si salían bien o no. Lo que más se sentía en el grupo era la emoción y eso es lo que sentía la gente. Transmitíamos mucha emoción.
Patu: Me acuerdo que en 4º año de la Bialik me fui al Normal, y mis compañeros, como yo me pasaba todo el recreo con el teimani, me venían de atrás y me decían haber enséñame, no había otra cosa, no había otro tema que Bimjolot.
Alberto: Fue una etapa muy linda de mi vida, a medida que uno iba creciendo e incorporando cosas para la vida personal, al mismo tiempo aprendía a bailar mejor, tenía otras relaciones con la gente. Me da la sensación que era un lugar de libertad, salíamos, reíamos, porque nos reíamos mucho, era un lugar de buena onda siempre, de diez a doce de la noche.
Mónica: Yo que venia bailando y haciendo danza clásica, esto era fantástico. En principio porque me apasionaba la danza y en rikudim pude aplicar la técnica. Con el tiempo a Clara se le ocurrió incluir técnica en los ensayos, primero con migo y después vino un profesor, Atilio. Y estábamos todos haciendo técnica, en barra, piso, diagonales. También ahí se planteaba el tema de cómo responder a un “extraño” que nos traía cosas fuera de lo común.
Patu: Claro, y además preguntarnos para qué, de qué sirve, porque era otra onda, como comentábamos, era sí tener habilidad para bailar pero sobre todo sentirlo, que te encante. Te tenía que gustar y tenía que apasionarte.